Relaciones padres e hijos

DESARROLLO DE LA AUTONOMIA Y LA AUTOESTIMA

 La manera en que el padre y la madre se relacionen con sus hijos, el cómo impongan las reglas de disciplina y los límites en el hogar, juegan un papel determinante en el grado de autonomía y autoestima de sus hijos.

Los padres son los principales responsables de la educación de sus hijos y quienes más influencia tienen sobre ellos. En orden descendente hallamos a los cuidadores sustitutos (abuelas, por ejemplo), hermanos, maestras, y toda otra persona importante en al vida del niño.

La relativa facilidad o dificultad en el desarrollo de la independencia y una adecuada autoestima, está relacionada, en gran parte, con las relaciones padres-hijos.

Un factor importante es el de las predisposiciones generales de los padres en lo referente a la autoridad y control en contraposición a la libertad y autonomía.

Los padres pueden ser:

Autocráticos: simplemente le dicen a sus hijos lo que tienen que hacer.

 Autoritarios: cuando los hijos  pueden participar, pero no se les consulta para la toma de decisiones.

 Autoritativos: (antes llamados democráticos) los hijos participan libremente, cuando su edad ya lo permite, en la discusión de cosas que tienen que ver con su conducta e inclusive pueden tomar decisiones, pero la autoridad última es aún retenida por los padres.

 Igualitarios: cuando existe una diferenciación mínima de papeles entre padres e hijos.

 Permisivos: (negligentes) cuando el fiel de la balanza en la toma de decisiones se inclina en dirección de los hijos.

 Laissez faire: cuando los hijos están en libertad de atender o desatender los deseos de los padres.

 Las investigaciones han revelado que:

Los padres autocráticos y los autoritarios  sienten poca necesidad de interacción o de comunicación con sus hijos.

Estos niños están más frecuentemente caracterizados por falta de confianza, por su dependencia y una menor autoestima. Y son más propensos a sentir que las reglas y principios de sus padres están equivocados o no son razonables.

 Los padres que practican el laissez faire, o son negligentes, o adoptan un igualitarismo falso y exagerado, se sienten más inclinados a dejar que sus hijos, sobre todo en la adolescencia, “hagan lo que quieran”, ya sea porque no se sienten comprometidos con ellos, les tengan sin cuidado, o a causa de nociones deformadas acerca de la responsabilidad de los padres.

Los padres autoritativos, que tratan de legitimar el ejercicio del poder explicando las razones de las reglas, son los que más probabilidades tienen de tener hijos que cuando lleguen a la adolescencia se muestren capaces de valerse por sí mismos, tengan una elevada autoestima, y se comporten de manera responsablemente independiente. Tales padres aprecian tanto la autonomía como la conducta disciplinada.

 Parece ser que las prácticas autoritativas, con frecuentes explicaciones por parte de los padres en lo tocante a las reglas de conducta y sus expectativas, fomentan la independencia:

1-Al proporcionar oportunidades para aumentar la autonomía,

2-Al fomentar la identificación positiva con los padres, basada en el amor y el respeto por los hijos (no en la indiferencia y el rechazo), y

3-Al proporcionar modelos de independencia razonable, es decir, de autonomía dentro del marco de orden democrático.

 El desarrollo de la personalidad se va a ir dando, a través de los años, sujeto a factores que  pueden resultar positivos o negativos.

No se trata de que sólo lo positivo se dé, además de que es imposible, pero sí deben imperar las experiencias y las  cualidades positivas sobre lo negativo.

El niño es, por naturaleza, creativo, curioso, presta interés a lo que sucede a su alrededor. Pero también es sumamente influenciable. Para el niño pequeño, no existen términos relativos, sólo absolutos. Sólo existen el negro y el blanco, no reconoce las gamas de grises en la vida.

Lo que los adultos y, por ende, los padres hagan y digan, es para él irrefutable. Entonces, va a tomar lo que de sus padres provenga como una verdad absoluta.

Si se le dice al niño que es inútil, o tonto, por ejemplo, él lo tomará al pie de la letra y crecerá con la convicción de que esto es cierto.

 El ser humano nace con un sentido de desconfianza básica hacia el mundo circundante. Experimenta frío, hambre, o necesidad de recibir afecto, por ejemplo. En la medida en que sus necesidades físicas y afectivas sean satisfechas, irá desarrollando un sentido de confianza básica hacia el entorno, del cual sus padres son parte esencial.

 El niño debe sentir (y esto es imperativo durante el primer año de vida), que el afecto de sus padres es sincero y que sus necesidades son satisfechas. Se le debe hablar, estimular, brindarle caricias físicas. Esto propiciará que el niño desarrolle un sentimiento de que el mundo es un lugar seguro y de que puede confiar en quienes le rodean.

Pero si no es cuidado adecuadamente o se le atiende de forma inconsistente, se irá relacionando con su entorno con temor y sospecha.

Si la confianza y seguridad prevalecen en las primeras experiencias del niño, éste tendrá mayor capacidad para afrontar las situaciones nuevas y la frustración.

Hacia el primer año de vida, cuando el niño aprende a caminar, se comienza a desarrollar un sentido de autonomía, basada en sus nuevas habilidades motoras y cognoscitivas.

Ya  puede subirse, agarrar bien, empujar, abrir, cerrar.  Desea hacer las cosas por sí mismo, quiere experimentar el mundo y explorar sus nuevas habilidades motoras: comer solo, ponerse los zapatos solo, bañarse solo, etc.

Debe permitírsele hacerlo a su propio ritmo, con la supervisión de sus padres pero sin interferir (a menos que lo necesite).

Si se le supervisa pero se le deja hacer, el niño será capaz de controlar sus músculos, sus impulsos y desarrollará su autonomía, autocontrol y orgullo propio.

Pero cuando los padres (y maestras) son muy autoritarios e impacientes y le resuelven todas las cosas, cuando se le castiga por su actividad motora; cuando se espera que el niño de 2 ó 3 años haga las cosas, como comer por ejemplo, al mismo ritmo y destreza que el adulto, surgirán fuertes sentimientos de duda acerca de sus propias habilidades, y de vergüenza cuando es reprendido.

Si en esta etapa de su vida el niño está cargado de dudas y vergüenza, tendrá más dificultades para obtener su autonomía durante la adolescencia y la adultez.

Los padres autocráticos y los autoritarios tienden a criar hijos que se muestran  inseguros y que dudan a menudo acerca de qué hacer y cómo hacerlo.

Al mismo tiempo, mucha autonomía y libertad a esta edad es tan dañina como si se le dirige en todo y se coarta su libertad.

 Hacia los 3 ½ ó 4 años de edad, va apareciendo un sentido de iniciativa en las diferentes actividades del niño. Posee un mayor control motor, puede entablar conversaciones y, ya no sólo imita conductas sino que manifiesta iniciativa y mayor creatividad en sus actividades.

Si se le brinda libertad de explorar y experimentar, si se responden sus preguntas, se estará fomentando su sentido de iniciativa.

Pero si se le hace sentir que sus actividades y preguntas son tontas, inconvenientes o que molestan, el niño desarrollará  sentimientos de culpa por hacer las cosas por sí solo.

El niño nace sin saber y necesita ser dirigido, que se le guíe, que se le brinden información y ayuda en su camino hacia la adultez. Pero recordando que es un ser autónomo y diferente a los padres, y que necesita experimentar por sí mismo.

 Alrededor de los 6 años de edad, el niño ha comenzado a desarrollar un pensamiento deductivo, puede permanecer más tiempo sentado, puede seguir instrucciones más complejas. Se preocupa por cómo se hacen las cosas y cómo funcionan.

 Si se le estimula a construir y a hacer cosas, si se le permite terminar lo que empezó, si logra reconocimiento por lo que hace, aprenderá a desarrollar un sentido de laboriosidad.

Pero si no se le permite hacer cosas o terminar las que está haciendo, si no se le brinda reconocimiento por sus logros (por mínimos que sean), si se le critica constantemente, corrigiéndolo y diciéndole cómo es que se deben hacer las cosas, el niño desarrollará un sentimiento de inferioridad

 Para esta edad, ya todo niño ha iniciado su educación académica formal, comparte con otros niños fuera del ambiente familiar, tiene contacto con nuevas y numerosas experiencias y ya no  depende sólo de sus padres. Estos últimos, entonces, deben aprender a darle libertad y ayudarlo a comprender el mundo que se está abriendo a sus ojos, que si bien es maravilloso, también está lleno de situaciones y experiencias totalmente desconocidas.

Cuánta autonomía, autoconfianza y seguridad haya desarrollado el niño, definirán, en gran medida, su grado y capacidad para afrontar estas situaciones y experiencias, así como su éxito en la vida.

 En resumen, podemos sintetizar 4 elementos esenciales para una relación eficaz entre padres e hijos:

1- Respeto mutuo: Si deseamos ser respetados, debemos también respetar. NO  gritar, pegar, ni  hacer cosas que el niño puede hacer por sí mismo.

Minimizar las críticas negativas.

Hablarle a los hijos cuando reine una atmósfera familiar agradable.

2- Dedicación de tiempo para diversiones: Recordar que es muy importante la “calidad” de la relación.  El elemento importante al pasar tiempo  juntos es de “cualidad” más que de cantidad (sin olvidar que la cantidad también es fundamental).

Busquen pasar un rato del día con cada uno de sus hijos.

Hagan juntos algo que les guste a ambos, que ninguno se sienta “forzado”. Pueden alternar los días. Cada hijo debe respetar el momento del otro.

Buscar también un rato para que comparta toda la familia.

 3- Estimulación: Creer en sus hijos y estimularlos frecuentemente para elevarles la autoestima y la autoconfianza.

4- Demostración de amor: Los hijos sentirán seguridad si tienen a alguien que es significativo para ellos, que los quiera y a quien querer.

Es importantísimo decirles que se les ama, manifestarles este amor de forma no verbal: acariciarlos, besarlos, darles palmaditas en la espalda, abrazarlos, ponerles la mano sobre la cabeza, etc.

Respetarlos, permitiéndoles desarrollar responsabilidad e independencia.

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